Sakura Okino
01-11-2008, 02:47:30
Myuri: La leyenda
Había llegado esa hora en la que todos los habitantes del pueblo ya se hallaban resguardados en sus casas, protegidos por las antiguas pero fuertes paredes de piedra que ganaban por mucho en resistencia y grosor a los materiales empleados en la actualidad para la arquitectura; ahí, dentro de sus hogares, era incluso normal que algunas veces llegara la medianoche con las familias reunidas alrededor del fuego, junto a la chimenea, contando historias, pero esa noche en particular el que solía ser un fuego chisporroteante y cálido estaba apagado, la chimenea obstruída por diferentes medios, las ventanas y las puertas bien aseguradas, y la gente, durmiendo en sus camas. En esa fecha señalada, nadie pretendía alterar lo más mínimo la tranquilidad, esa calma innata de la noche, y se sumían en sueños, esperando que el dormir de su espíritu consciente lo separase del mundo físico por las horas de oscuridad que estaban por venir; de este modo, esperaban generar un escudo perfecto ante las ánimas que a diferencia de ellos ocuparían más que nunca el mundo físico con todo su espíritu, probablemente celosas de esas personas que poseían un cuerpo y una vida en la que existir bajo la bendición del sol.
“Hasta hoy, esta medida nunca ha fallado”, pensó Monty Goldberg, recordando las palabras de la anciana que le había informado por primera vez de esa costumbre. “Es obvio que nunca lo haya hecho” continuó pensando el joven a medida que sus pies avanzaban haciéndose su lugar entre la hierba húmeda. “No puede haberlo hecho si no existe una amenaza real a la que temer”, meditó, cogiendo las puntas inferiores de su chaleco, juntándolas, y subiendo así la cremallera del mismo. El fresco que hasta entonces había sido agradable se estaba convirtiendo en un intenso frío. Miró su reloj. La pantallita digital le indicó, con una suave luz roja de fondo, que llevaba ya quince minutos de camino; había pasado un cuarto de hora desde que había salido de la mayor de las casas de la aldea, el hogar de la anciana matriarca y su familia, donde durante los dos últimos días le habían atendido como a un miembro más de la comunidad, incluso, como a un miembro más de dicha familia. En ese momento, Monty sintió una gran admiración por todas esas personas que —a pesar de su extraño aspecto, pues el chico se había presentado a ese pueblo aislado de la sociedad convencional y la tecnología avanzada ataviado no sólo con prendas muy llamativas y contrastantes con la ropa de fabricación propia y tradicional de la aldea, sinó con cantidad de aparatos y dispositivos tan comunes hoy en día, entre ellos ese reloj digital cuya luz le gustaba tanto, que esa gente apenas había visto jamás— le ofrecieron toda su hospitalidad, y no sólo por conocerle de antes: En la primera visita que Monty había realizado al pueblo, hacía tres años, en la que descubrió por primera vez los detalles de los relatos de su folclore, le recibieron con la misma calidez.
—Realmente han sido amables —se dijo a sí mismo el chico, rompiendo el silencio por primera vez desde que había ignorado los consejos de la anciana y se había puesto en camino en esa noche temida —Sobretodo, teniendo en cuenta la poca credibilidad que he mostrado hacia sus más afianzadas creencias —entonces, se dio la vuelta, y pudo observar cómo las casas aún podían verse, pero en forma de manchitas muy a la distancia, gracias a que se situaban en la cuesta de la colina por la que estaba bajando.
Después de retocar la posición de su mochila para acomodársela a la espalda, Monty sonrió, y siguió su camino, cuesta abajo. Ese terreno estaba rodeado por completo de árboles, dejando un claro de varias hectáreas pero protegido de la civilización por la naturaleza; hasta ese momento, el joven no se había internado en la zona boscosa, pero estaba a punto de hacerlo. No tardó, desde su posición, en llegar a los confines de la masa de vegetación. Y entonces, respiró profundamente, y se dispuso a dar forma al motivo por el cual se hallaba ahí. Revelar el secreto de Myuri.
Cuando había llegado por pimera vez a tan singular lugar, meses después de haber empezado un viaje de año sabático después de haber terminado sus estudios universitarios, Monty se había visto fascinado por la población que lo habitaba, el atavismo de su estilo de vida, y sobretodo, ese relato, esa costumbre: La leyenda de Myuri en la noche de Halloween. De hecho, ellos no lo mencionaban así, pero no cabía duda en la lógica mente de Monty que esa historia fantasmal situada en tal fecha, el 31 de octubre, tenía que guardar relación con la leyenda de Halloween, convertida ahora en una celebración a nivel casi mundial. Según los habitantes de la aldea, de forma similar a lo que se explica de la noche de Halloween propiamente dicha, a partir de la medianoche de esa jornada en concreto, una serie de ánimas que habitaban el bosque salían sin restricción alguna de su propio mundo y vagaban por la zona. De ellas, cada una tenía un nombre conocido, y no todas eran malignas; pero encontrarse con la más temida de todas, Myuri —así la llamaban los aldeanos— significaría para el pobre desgraciado el fin de su vida, de un horrible modo.
Sin falta de convencimiento, Monty estaba seguro de que esa leyenda era el fruto de la ignorancia de esas personas que no habían salido nunca de su realidad aislada, algo que mucha otra gente habría podio pensar; pero además, creía que podía conocer una causa real a esas creencias, una que en realidad no sería peligrosa, pero explicaría el porqué de los testimonios de algunos que afirmaban haber visto destellos de una luz entre morada y verde que se convertía en niebla, cuando la oscuridad cubría el cielo. Y tenía la clave, ello creía, para poder terminar a su vez con el temor de los aldeanos, demostrarles que la realidad era lógica y no paranormal, para que posteriormente el tiempo le diese la razón. Por este motivo, hacía algo más de un cuarto de hora había ignorado las advertencias de la anciana, la única que se había quedado despierta hasta medianoche queriendo disuadirlo. “Si aprecias tu vida, hijo, no salgas hasta que el sol haya despuntado mañana por la mañana, no te acerques al bosque, y nunca intentes buscar o desafiar a Myuri, porque estarías buscando una muerte segura” le había dicho ella, más que preocupada cuando veía que el chico no hacía caso de sus palabras. Él se había limitado a pedirle que no temiese, sabiendo que esa preocupación que le estaba dando entonces acabaría siendo para su tranquilidad posterior, y justo cuando iban a llegar las doce, cruzó la puerta de su casa hacia el exterior. Ella, llena de pena, cerró, pidiéndole disculpas, como últimas palabras, por no poder insistir más para salvarle, pues arriesgarse a ello signficaría ponerse en peligro a ella misma, a su familia, y quizá, al resto de habitantes del lugar.
Monty se internó en el bosque, sin poder evitar recordar esa despedida. Ya faltaba poco, le reconfortaba pensar, para que pudiese regresar, y además, ahora empezaría lo divertido. “Pero ha desaparecido gente” pensó también, cuando se vio obligado a encender su linterna para poder avanzar entre los árboles “Ha desaparecido gente que, quizá con intenciones similares a la mía, quiso enfrentarse a Myuri” y entonces, por un momento, le invadió un temor pasajero, que se vio alejado por su lógica. “Es normal” continuó pensando “si tenemos en cuenta lo traicionero que puede ser el miedo a lo desconocido”, y apartando zarzas y arbustos, avanzó siempre en dirección sur, “Sin duda, estas personas eran valientes que se enfrentaron a la leyenda aun con el miedo en sus corazones, y llegados a este punto, el más mínimo ruido o visión extraña les hizo perder la poca serenidad que debía de quedarles, quizá corrieron y se lastimaron sin poder ser encontrados en un lugar que nadie visitaría, o quizá incluso fallecieron de un ataque al corazón”.
De repente, la luz de la linterna de Monty comenzó a flaquear. De nuevo, una oleada de miedo pasajero le invadió, y tan sigilosamente como llegó, desapareció. “Es niebla”, advirtió, “Algo muy normal en una colina como esta, en un día húmedo, pero sin embargo, algo que podría asustar a quien ignorase la naturaleza de la misma”. Un paso en falso, y el chico tuvo que esforzarse en sujetar su única fuente de luz mientras caía dándose múltiples golpes y causándose distintas heridas y pinchazos con las zarzas, aunque por suerte, su agilidad y juventud permitieron que nada de ello fuese de gravedad, y pudo levantarse.
—Caray —dijo con hastío, todavía con el cuerpo dolorido por los resultados del resbalón —Más valdrá que vaya con cuidado y ponga mis cinco sentidos en esto, o será cierto que acabaré como los demás que lo han intentado —pero luego, se calmó, y miró a su alrededor, sorprendido por la claridad que poseía ese sitio, a pesar de la niebla.
Había llegado, de tan mala manera, a un pequeño claro. Dio un par de pasos, hacia al centro, y entonces, pudo divisar ahí, al fin, lo que había estado buscando. Un pozo de piedra, de entrada cuadrangular, y borde bajo, de apenas medio metro. Eso también estaba en la leyenda.
—Bien, bien… —empezó a decir el chico, después de guardar la linterna, dándole la vuelta a su descubrimiento —Los pocos que tuvieron el valor de acercarse a este punto en otras fechas, y de día, pudieron contar la existencia de este pozo, y dijeron que sentían en él una presencia peligrosa y muy poderosa en su fondo. Coincidentemente, su situación de corresponde con el origen de esas luces y nieblas de colores. Magnífico —la expresión de Monty se convirtió en una desafiante y segura sonrisa.
Llevando una mano a su espalda, tocando así la mochila y abriendo sin necesidad de sacársela uno de sus bolsillos laterales, introdujo la mano en ella, disponiéndose a sacar esa clave que había llevado para enfrentarse y derrotar sin duda a Myuri, si éste realmente existía. Entre tanto, se asomó al pozo y miró al fondo, encontrándose con la boca oscurísima de un agujero en el suelo del que, personalmente, sólo le llegó humedad. “Queda comprobado que fue el miedo el que incitó la aparición de esa sensación”, pensó.
—Muy bien, Myuri, si estás aquí, ¡sal a por mí!
No hubo respuesta inmediata, pero un ligero eco, amortiguado por la niebla, regresó del fondo del pozo. Viendo la oportunidad, y queriendo acelerar la llegada del momento que tanto había estado esperando, el joven cogió una piedra del suelo, con la mano izquierda —pues la derecha todavía la tenía cerrada, alrededor de algo más que había sacado de su mochila, esa clave— y la lanzó al interior del pozo. Cinco segundos. Se escuchó entonces el ruido del agua cuando la piedra alcanzó su nivel, y una luz emanó del fondo. Una luz que oscilaba entre un verde lima y un morado intenso, y que combinaba ambos colores a medida que se acercaba rápidamente. Monty se apartó, y dicha luz emergió del pozo envolviendo el claro y seguramente, tiñendo gran parte de la niebla. Pero justo en el centro del agujero, a no más de un metro por encima de la entrada a la construcción de piedra, se hallaba el origen de esa luz, algo mucho más físico y definido a pesar de ser incluso un poco transparente. La figura de un disco de luz que seguía conectado al fondo del pozo por un ligero rayo de la misma, morado. Sólo entonces, muy rápidamente, Monty lazó el objeto de su mano derecha directo a ese círculo de bordes irregulares, donde fijándose bien, podía advertirse el aspecto de un siniestro rostro; lo que había lanzado era una esfera con dos mitades diferenciadas, la primera de las cuales era blanca, y la segunda, lila con un par de protuberancias fucsia; esa esfera creció al perder el contacto con la mano del chico —aunque él, en un rápido movimiento, había tenido que activarla pulsando un pequeño botón central antes de lanzarla—, impactó en el espeluznante ser, y lo absorbió, apagando esa luz y regresando a la mano derecha de su dueño.
—¡Sí! ¡Mi teoría era correcta! —exclamó un más que feliz Monty, eufórico, con la Master Ball que había empleado para su captura en alto —El temido Myuri no era más que un Pokémon cuyo descubrimiento como tal es reciente. Se trataba de Spiritomb.
Los ojos del chico brillaban contemplando esa esfera tricolor que luego llevó bajo su mirada y siguió observando. Definitivamente, no se había equivocado: Myuri no era más que una de las muchas criaturas con poderes especiales que habitaban ese planeta, los Pokémon. Estos seres tenían todos en común una lógica que equilibraba su convivencia y existencia, por la cual, existían distintos tipos de poder propio de ellos y muchas formas diferentes de manifestarlo, pero siempre podía clasificarse; además, a pesar de que muchas veces quisieran asustar a los humanos —más en el caso de los Pokémon espectrales como Spiritomb, tipo compartido por varias especies más—, eran más que raras las veces en las que un Pokémon intentara hacerle daño a un humano. “Sí, definitivamente, este Spiritomb no acabó con la vida de nadie. La leyenda de Myuri no era más que una interpretación del misterio que representaban algunas apariciones de la luz que emanaba el Pokémon en el bosque, y un producto de la imaginación de esas personas que, en su ignorancia, las temían.”, pensó Monty, más que satisfecho; “Ahora ya puedo regresar al pueblo, y aunque quizá tenga que esperar a mañana, resolver todo este misterio. Una vez más, como tantas otras, la lógica ha ganado a la superstición.”.
Dicho eso, el chico volvió a coger su linterna, y la apuntó al bosque por donde había llegado al pozo. Seguía apretando fuertemente con la mano esa esfera que le había permitido hacerse con el Pokémon —una Master Ball, la única entre las Ball inventadas, unos receptáculos especiales para atrapar y contener Pokémon convertidos en energía pura, que tenía un cien por ciento de efectividad a la hora de la captura—, era un premio demasiado importante como para guardarlo de nuevo en la mochila. Monty no podía dejar de pensar entonces en toda la investigación que había realizado para poder llegar a ese momento: Cómo estudió detenidamente toda la información que pudo recopilar sobre los Spiritomb —después de llegar a la conclusión, por los colores de la luz y nieblas de las que le habían hablado, de que el ánima se trataba de un Pokémon de esa especie—, y sobretodo, cómo tuvo que luchar para poder conseguir el único y rarísimo modelo de Ball existente para no tener posibilidad de fallo a la hora de hacerse con él, que al final pudo obtener del departamento de la facultad de Tecnología e Ingeniería de la universidad en la que había estudiado, precisamente en dicha especialidad. Al final, había salido todo perfecto.
Sin embargo, el chico se detuvo al acercar su mano al primero de los árboles de la cuesta que entonces le tocaría subir, y por la que había caído antes. Tras él, ocurrió algo, y todo el calor que entonces sentía gracias a la euforia desapareció de repente. De hecho, un frío intenso emanaba de ese espacio que quedaba a su espalda, ese espacio en donde se encontraba el pozo y donde la niebla —un manto blanco entonces que ya no había ninguna luz dándole color— se había hecho más y más espesa, una que con horror Monty vio arremolinarse alrededor de sus piernas. Quería correr, pero no pudo; sentía como un miedo profundo, nacido de ese frío, le paralizaba las piernas y casi la totalidad de su cuerpo, mientras que su corazón, el único completamente activo, latía con más y más fuerza. Monty sentía como algo tenía su mirada clavada en su espalda. Sentía como, al mínimo movimiento, esa cosa también se movería, y posiblemente, él no pudiese volver a hacerlo. Apenas, tuvo tiempo de pensar en la posibilidad que había evitado contemplar todo ese tiempo, y que sin embargo, la presencia que tenía detrás le estaba mostrando con evidencia: El ignorante había sido él. Quiso gritar, pero el grito se ahogo en la niebla. Y después, el silencio.
Había llegado esa hora en la que todos los habitantes del pueblo ya se hallaban resguardados en sus casas, protegidos por las antiguas pero fuertes paredes de piedra que ganaban por mucho en resistencia y grosor a los materiales empleados en la actualidad para la arquitectura; ahí, dentro de sus hogares, era incluso normal que algunas veces llegara la medianoche con las familias reunidas alrededor del fuego, junto a la chimenea, contando historias, pero esa noche en particular el que solía ser un fuego chisporroteante y cálido estaba apagado, la chimenea obstruída por diferentes medios, las ventanas y las puertas bien aseguradas, y la gente, durmiendo en sus camas. En esa fecha señalada, nadie pretendía alterar lo más mínimo la tranquilidad, esa calma innata de la noche, y se sumían en sueños, esperando que el dormir de su espíritu consciente lo separase del mundo físico por las horas de oscuridad que estaban por venir; de este modo, esperaban generar un escudo perfecto ante las ánimas que a diferencia de ellos ocuparían más que nunca el mundo físico con todo su espíritu, probablemente celosas de esas personas que poseían un cuerpo y una vida en la que existir bajo la bendición del sol.
“Hasta hoy, esta medida nunca ha fallado”, pensó Monty Goldberg, recordando las palabras de la anciana que le había informado por primera vez de esa costumbre. “Es obvio que nunca lo haya hecho” continuó pensando el joven a medida que sus pies avanzaban haciéndose su lugar entre la hierba húmeda. “No puede haberlo hecho si no existe una amenaza real a la que temer”, meditó, cogiendo las puntas inferiores de su chaleco, juntándolas, y subiendo así la cremallera del mismo. El fresco que hasta entonces había sido agradable se estaba convirtiendo en un intenso frío. Miró su reloj. La pantallita digital le indicó, con una suave luz roja de fondo, que llevaba ya quince minutos de camino; había pasado un cuarto de hora desde que había salido de la mayor de las casas de la aldea, el hogar de la anciana matriarca y su familia, donde durante los dos últimos días le habían atendido como a un miembro más de la comunidad, incluso, como a un miembro más de dicha familia. En ese momento, Monty sintió una gran admiración por todas esas personas que —a pesar de su extraño aspecto, pues el chico se había presentado a ese pueblo aislado de la sociedad convencional y la tecnología avanzada ataviado no sólo con prendas muy llamativas y contrastantes con la ropa de fabricación propia y tradicional de la aldea, sinó con cantidad de aparatos y dispositivos tan comunes hoy en día, entre ellos ese reloj digital cuya luz le gustaba tanto, que esa gente apenas había visto jamás— le ofrecieron toda su hospitalidad, y no sólo por conocerle de antes: En la primera visita que Monty había realizado al pueblo, hacía tres años, en la que descubrió por primera vez los detalles de los relatos de su folclore, le recibieron con la misma calidez.
—Realmente han sido amables —se dijo a sí mismo el chico, rompiendo el silencio por primera vez desde que había ignorado los consejos de la anciana y se había puesto en camino en esa noche temida —Sobretodo, teniendo en cuenta la poca credibilidad que he mostrado hacia sus más afianzadas creencias —entonces, se dio la vuelta, y pudo observar cómo las casas aún podían verse, pero en forma de manchitas muy a la distancia, gracias a que se situaban en la cuesta de la colina por la que estaba bajando.
Después de retocar la posición de su mochila para acomodársela a la espalda, Monty sonrió, y siguió su camino, cuesta abajo. Ese terreno estaba rodeado por completo de árboles, dejando un claro de varias hectáreas pero protegido de la civilización por la naturaleza; hasta ese momento, el joven no se había internado en la zona boscosa, pero estaba a punto de hacerlo. No tardó, desde su posición, en llegar a los confines de la masa de vegetación. Y entonces, respiró profundamente, y se dispuso a dar forma al motivo por el cual se hallaba ahí. Revelar el secreto de Myuri.
Cuando había llegado por pimera vez a tan singular lugar, meses después de haber empezado un viaje de año sabático después de haber terminado sus estudios universitarios, Monty se había visto fascinado por la población que lo habitaba, el atavismo de su estilo de vida, y sobretodo, ese relato, esa costumbre: La leyenda de Myuri en la noche de Halloween. De hecho, ellos no lo mencionaban así, pero no cabía duda en la lógica mente de Monty que esa historia fantasmal situada en tal fecha, el 31 de octubre, tenía que guardar relación con la leyenda de Halloween, convertida ahora en una celebración a nivel casi mundial. Según los habitantes de la aldea, de forma similar a lo que se explica de la noche de Halloween propiamente dicha, a partir de la medianoche de esa jornada en concreto, una serie de ánimas que habitaban el bosque salían sin restricción alguna de su propio mundo y vagaban por la zona. De ellas, cada una tenía un nombre conocido, y no todas eran malignas; pero encontrarse con la más temida de todas, Myuri —así la llamaban los aldeanos— significaría para el pobre desgraciado el fin de su vida, de un horrible modo.
Sin falta de convencimiento, Monty estaba seguro de que esa leyenda era el fruto de la ignorancia de esas personas que no habían salido nunca de su realidad aislada, algo que mucha otra gente habría podio pensar; pero además, creía que podía conocer una causa real a esas creencias, una que en realidad no sería peligrosa, pero explicaría el porqué de los testimonios de algunos que afirmaban haber visto destellos de una luz entre morada y verde que se convertía en niebla, cuando la oscuridad cubría el cielo. Y tenía la clave, ello creía, para poder terminar a su vez con el temor de los aldeanos, demostrarles que la realidad era lógica y no paranormal, para que posteriormente el tiempo le diese la razón. Por este motivo, hacía algo más de un cuarto de hora había ignorado las advertencias de la anciana, la única que se había quedado despierta hasta medianoche queriendo disuadirlo. “Si aprecias tu vida, hijo, no salgas hasta que el sol haya despuntado mañana por la mañana, no te acerques al bosque, y nunca intentes buscar o desafiar a Myuri, porque estarías buscando una muerte segura” le había dicho ella, más que preocupada cuando veía que el chico no hacía caso de sus palabras. Él se había limitado a pedirle que no temiese, sabiendo que esa preocupación que le estaba dando entonces acabaría siendo para su tranquilidad posterior, y justo cuando iban a llegar las doce, cruzó la puerta de su casa hacia el exterior. Ella, llena de pena, cerró, pidiéndole disculpas, como últimas palabras, por no poder insistir más para salvarle, pues arriesgarse a ello signficaría ponerse en peligro a ella misma, a su familia, y quizá, al resto de habitantes del lugar.
Monty se internó en el bosque, sin poder evitar recordar esa despedida. Ya faltaba poco, le reconfortaba pensar, para que pudiese regresar, y además, ahora empezaría lo divertido. “Pero ha desaparecido gente” pensó también, cuando se vio obligado a encender su linterna para poder avanzar entre los árboles “Ha desaparecido gente que, quizá con intenciones similares a la mía, quiso enfrentarse a Myuri” y entonces, por un momento, le invadió un temor pasajero, que se vio alejado por su lógica. “Es normal” continuó pensando “si tenemos en cuenta lo traicionero que puede ser el miedo a lo desconocido”, y apartando zarzas y arbustos, avanzó siempre en dirección sur, “Sin duda, estas personas eran valientes que se enfrentaron a la leyenda aun con el miedo en sus corazones, y llegados a este punto, el más mínimo ruido o visión extraña les hizo perder la poca serenidad que debía de quedarles, quizá corrieron y se lastimaron sin poder ser encontrados en un lugar que nadie visitaría, o quizá incluso fallecieron de un ataque al corazón”.
De repente, la luz de la linterna de Monty comenzó a flaquear. De nuevo, una oleada de miedo pasajero le invadió, y tan sigilosamente como llegó, desapareció. “Es niebla”, advirtió, “Algo muy normal en una colina como esta, en un día húmedo, pero sin embargo, algo que podría asustar a quien ignorase la naturaleza de la misma”. Un paso en falso, y el chico tuvo que esforzarse en sujetar su única fuente de luz mientras caía dándose múltiples golpes y causándose distintas heridas y pinchazos con las zarzas, aunque por suerte, su agilidad y juventud permitieron que nada de ello fuese de gravedad, y pudo levantarse.
—Caray —dijo con hastío, todavía con el cuerpo dolorido por los resultados del resbalón —Más valdrá que vaya con cuidado y ponga mis cinco sentidos en esto, o será cierto que acabaré como los demás que lo han intentado —pero luego, se calmó, y miró a su alrededor, sorprendido por la claridad que poseía ese sitio, a pesar de la niebla.
Había llegado, de tan mala manera, a un pequeño claro. Dio un par de pasos, hacia al centro, y entonces, pudo divisar ahí, al fin, lo que había estado buscando. Un pozo de piedra, de entrada cuadrangular, y borde bajo, de apenas medio metro. Eso también estaba en la leyenda.
—Bien, bien… —empezó a decir el chico, después de guardar la linterna, dándole la vuelta a su descubrimiento —Los pocos que tuvieron el valor de acercarse a este punto en otras fechas, y de día, pudieron contar la existencia de este pozo, y dijeron que sentían en él una presencia peligrosa y muy poderosa en su fondo. Coincidentemente, su situación de corresponde con el origen de esas luces y nieblas de colores. Magnífico —la expresión de Monty se convirtió en una desafiante y segura sonrisa.
Llevando una mano a su espalda, tocando así la mochila y abriendo sin necesidad de sacársela uno de sus bolsillos laterales, introdujo la mano en ella, disponiéndose a sacar esa clave que había llevado para enfrentarse y derrotar sin duda a Myuri, si éste realmente existía. Entre tanto, se asomó al pozo y miró al fondo, encontrándose con la boca oscurísima de un agujero en el suelo del que, personalmente, sólo le llegó humedad. “Queda comprobado que fue el miedo el que incitó la aparición de esa sensación”, pensó.
—Muy bien, Myuri, si estás aquí, ¡sal a por mí!
No hubo respuesta inmediata, pero un ligero eco, amortiguado por la niebla, regresó del fondo del pozo. Viendo la oportunidad, y queriendo acelerar la llegada del momento que tanto había estado esperando, el joven cogió una piedra del suelo, con la mano izquierda —pues la derecha todavía la tenía cerrada, alrededor de algo más que había sacado de su mochila, esa clave— y la lanzó al interior del pozo. Cinco segundos. Se escuchó entonces el ruido del agua cuando la piedra alcanzó su nivel, y una luz emanó del fondo. Una luz que oscilaba entre un verde lima y un morado intenso, y que combinaba ambos colores a medida que se acercaba rápidamente. Monty se apartó, y dicha luz emergió del pozo envolviendo el claro y seguramente, tiñendo gran parte de la niebla. Pero justo en el centro del agujero, a no más de un metro por encima de la entrada a la construcción de piedra, se hallaba el origen de esa luz, algo mucho más físico y definido a pesar de ser incluso un poco transparente. La figura de un disco de luz que seguía conectado al fondo del pozo por un ligero rayo de la misma, morado. Sólo entonces, muy rápidamente, Monty lazó el objeto de su mano derecha directo a ese círculo de bordes irregulares, donde fijándose bien, podía advertirse el aspecto de un siniestro rostro; lo que había lanzado era una esfera con dos mitades diferenciadas, la primera de las cuales era blanca, y la segunda, lila con un par de protuberancias fucsia; esa esfera creció al perder el contacto con la mano del chico —aunque él, en un rápido movimiento, había tenido que activarla pulsando un pequeño botón central antes de lanzarla—, impactó en el espeluznante ser, y lo absorbió, apagando esa luz y regresando a la mano derecha de su dueño.
—¡Sí! ¡Mi teoría era correcta! —exclamó un más que feliz Monty, eufórico, con la Master Ball que había empleado para su captura en alto —El temido Myuri no era más que un Pokémon cuyo descubrimiento como tal es reciente. Se trataba de Spiritomb.
Los ojos del chico brillaban contemplando esa esfera tricolor que luego llevó bajo su mirada y siguió observando. Definitivamente, no se había equivocado: Myuri no era más que una de las muchas criaturas con poderes especiales que habitaban ese planeta, los Pokémon. Estos seres tenían todos en común una lógica que equilibraba su convivencia y existencia, por la cual, existían distintos tipos de poder propio de ellos y muchas formas diferentes de manifestarlo, pero siempre podía clasificarse; además, a pesar de que muchas veces quisieran asustar a los humanos —más en el caso de los Pokémon espectrales como Spiritomb, tipo compartido por varias especies más—, eran más que raras las veces en las que un Pokémon intentara hacerle daño a un humano. “Sí, definitivamente, este Spiritomb no acabó con la vida de nadie. La leyenda de Myuri no era más que una interpretación del misterio que representaban algunas apariciones de la luz que emanaba el Pokémon en el bosque, y un producto de la imaginación de esas personas que, en su ignorancia, las temían.”, pensó Monty, más que satisfecho; “Ahora ya puedo regresar al pueblo, y aunque quizá tenga que esperar a mañana, resolver todo este misterio. Una vez más, como tantas otras, la lógica ha ganado a la superstición.”.
Dicho eso, el chico volvió a coger su linterna, y la apuntó al bosque por donde había llegado al pozo. Seguía apretando fuertemente con la mano esa esfera que le había permitido hacerse con el Pokémon —una Master Ball, la única entre las Ball inventadas, unos receptáculos especiales para atrapar y contener Pokémon convertidos en energía pura, que tenía un cien por ciento de efectividad a la hora de la captura—, era un premio demasiado importante como para guardarlo de nuevo en la mochila. Monty no podía dejar de pensar entonces en toda la investigación que había realizado para poder llegar a ese momento: Cómo estudió detenidamente toda la información que pudo recopilar sobre los Spiritomb —después de llegar a la conclusión, por los colores de la luz y nieblas de las que le habían hablado, de que el ánima se trataba de un Pokémon de esa especie—, y sobretodo, cómo tuvo que luchar para poder conseguir el único y rarísimo modelo de Ball existente para no tener posibilidad de fallo a la hora de hacerse con él, que al final pudo obtener del departamento de la facultad de Tecnología e Ingeniería de la universidad en la que había estudiado, precisamente en dicha especialidad. Al final, había salido todo perfecto.
Sin embargo, el chico se detuvo al acercar su mano al primero de los árboles de la cuesta que entonces le tocaría subir, y por la que había caído antes. Tras él, ocurrió algo, y todo el calor que entonces sentía gracias a la euforia desapareció de repente. De hecho, un frío intenso emanaba de ese espacio que quedaba a su espalda, ese espacio en donde se encontraba el pozo y donde la niebla —un manto blanco entonces que ya no había ninguna luz dándole color— se había hecho más y más espesa, una que con horror Monty vio arremolinarse alrededor de sus piernas. Quería correr, pero no pudo; sentía como un miedo profundo, nacido de ese frío, le paralizaba las piernas y casi la totalidad de su cuerpo, mientras que su corazón, el único completamente activo, latía con más y más fuerza. Monty sentía como algo tenía su mirada clavada en su espalda. Sentía como, al mínimo movimiento, esa cosa también se movería, y posiblemente, él no pudiese volver a hacerlo. Apenas, tuvo tiempo de pensar en la posibilidad que había evitado contemplar todo ese tiempo, y que sin embargo, la presencia que tenía detrás le estaba mostrando con evidencia: El ignorante había sido él. Quiso gritar, pero el grito se ahogo en la niebla. Y después, el silencio.