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Ver la Versión Completa : [CdV] El poder más poderoso


Kosen
07-04-2009, 14:05:48
[CdV] El Poder más poderoso
http://img113.imageshack.us/img113/3162/themostpower.png
One-shot para el concurso "Cuentos de Viaje" [CdV], a partir del Bioma Bosque Templado.
by Kosen.
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Este OS puede ser modificado hasta la fecha de entrega impuesta por el concurso.
Este relato puede ser utilizado para un concurso a escala nacional.

El Sol se bañaba en el horizonte. El viento azotaba con fuerza las coníferas propias de la zona y barría con rapidez el manto otoñal cubierto por las hojas rojizas de la floresta caducifolia. Los últimos rayos de luz se filtraban entre las copas arbóreas. Ciertos animales diurnos, como las ardillas, empezaban a resguardarse en sus madrigueras, y algunas majestuosas aves cruzaron la bóveda celeste. Los murciélagos se desperezaban en las tenebrosas cuevas y algún lobo aulló, llamando impacientemente a la oscuridad. La Luna asomó su grisáceo rostro entre brillantes constelaciones por el efecto de la rotación terráquea. La temperatura cambió bruscamente y el frío lo invadió todo. Centelleantes ojos observaban la escena entre la maleza, esperando su turno para convertirse en los reyes nocturnos. El ulular de un búho iba a indicar la llegada de la noche, pero un impertinente muchacho interrumpió a la imponente naturaleza corriendo a través del bosque.
El joven apenas tenía trece años, era de cabellos castaños, iris color miel, tez clara, nariz curvada, labios carnosos y rasgos angulosos. Vestía una túnica violácea y unas chanclas pobres; y llevaba una expresión de horror en el rostro.
–Ya es tarde para huir –terció una voz masculina, que provocó que el chico avanzara con mayor rapidez.
–Nunca es tarde –contestó éste, sin aminorar el ritmo.
–Jamás digas nunca –siseó su perseguidor desde algún lugar.
Él no entendía nada. Un desconocido había entrado en el Templo y había asesinado a sangre fría y sin vacilar ni un instante a cualquier menor de edad que se le pusiera por delante. Había logrado escapar por un agujero en el muro de su dormitorio, antes de que el extraño lo despedazara como un espantoso premio de caza.
Se plantó ante una bifurcación y dudó inevitablemente. ¿A dónde ir?
–“Piensa con el corazón” –le había recomendado en una ocasión su maestro.
Así pues, e ignorando cualquier movimiento perceptible del entorno, se concentró en su interior y halló la respuesta adecuada a su pregunta. Aquello le había costado unos valiosos segundos que no podía desperdiciar y el probablemente mercenario le seguía los talones.
–¿Qué, cucaracha? ¿No sabes qué hacer? –inquirió, divertido, entre las sombras–. Porque yo tengo seguro lo que voy a hacer contigo, trozo de basura.
–Los sabios dudan, los ignorantes afirman –contraatacó, tomando ya el sendero correcto.
Esa contestación turbó al homicida, pero pronto se defendió:
–¿Estás afirmándolo? –indagó satisfecho.
–Tal vez –sonrió el muchacho.
A medida que avanzaba, los árboles se volvían hacia él y sus caras estaban deformadas por el terror, con sus bocas desfiguradas y las ramas como fuertes garras aguardando a su presa.
–No tengas miedo –se dijo a sí mismo el joven–. Todo esto es producto de tu imaginación.
Después pasó por un cementerio, lo que hizo que una chispa de temor creciera en su interior. Se obligó a recordar más palabras de su maestro:
–“No debes tener miedo a los muertos, sino a los vivos. Y ese miedo ha de servir solamente de advertencia, nunca debes permitir que te domine”.
La vegetación se volvía cada vez menos densa. Los arbustos, antes muy abundantes, dejaban paso a una fina capa de hierba. Pronto sería invierno y el aviso era contundente.
Llegó un punto en que las burlas de su perseguidor cesaron y dieron paso a un inexpresivo silencio, lo que le alivió profundamente. Una hora después se derribó sobre una mancha de agua. El cansancio lo había vencido, y lejos de la fortaleza física de su maestro, se había derrumbado.
El chisporrotear del fuego lo despertó de su breve letargo.
Se encontraba sentado en una roca, atado con una cuerda fuertemente. El asesino, un hombre que triplicaba su edad, de pelo negro como el carbón, ojos oscuros y piel dorada, estaba frente a él con la mirada atravesándole. Su aliento putrefacto penetró en su campo olfativo. No pudo reprimir un escalofrío que le recorrió cuerpo y revolvió su mente.
–Patético, criajo –le susurró al oído–. No sólo cuenta la velocidad, también la resistencia.
–La resistencia de un pensamiento no es comparable a la velocidad que se formula uno nuevo.
Un chillido de un animal rasgó la noche, mas no interrumpió al desconocido:
–Ya, claro, ¡muy interesante! –escupió más que exclamó–. ¿Cuál es tu nombre?
–¿Acaso importa?
–Probemos otra vez. ¿Cómo te llamas?
–Mi nombre es Aiug.
Los labios destrozados por las bajas temperaturas curvados formando una sonrisa no simbolizaban nada bueno.
–En ese caso, Aiug, siento de veras que tu existencia haya sido tan corta –ironizó–, ya que ahora vas a morir. Los adultos no podemos permitirnos que viváis, pequeñajos, dado que poseéis el poder más increíble que existe, un poder que no tiene límites.
–Un espíritu puro nunca muere –pretendió tranquilizarse a sí mismo, cavilando acerca de la revelación de su secuestrador.
–Ah, ¿no? Mejor, así ya no me darás lástima, aunque ya no me la dabas antes.
Entonces el asesino alzó un puñal con una plateada hoja curva, brillante y con la punta afilada.
Entonces el muchacho se dio cuenta de a qué poder se refería. Un poder inimitable. Un poder inagotable. Un poder siempre presente en la infancia, y que poco a poco se pierde. Un poder que vence a cualquier otro.
En ese momento lo utilizó. Debía hacerlo rápidamente y con eficacia.
El cuchillo se transformó en un montón de algodón inservible. Su contrincante, estupefacto y temblando, no supo cómo actuar. Eso le dio varios segundos, los cuales invirtió en cambiar las cuerdas que lo aferraban a la gran piedra por un puñado de barro.
–No es posible. Tú…
Se llevó la mano al cinto, en busca de un arma, empero se topó con una serpiente enroscada en su cintura. De repente, el tamaño de su enemigo menguó hasta quedarse del de una hormiga.
–Todo es posible… ahora, aprende a vivir sin tus apreciadas influencias –cortó Aiug.
Y una ráfaga de aire se levantó, haciendo que la hormiga saliera despedida, perdiéndose en la inmensidad del bosque.
El poder que había usado, el poder más poderoso, era la Imaginación.